Ambas son alcanodiaminas tóxicas en grandes cantidades, y no solo se asocian a cadáveres. También están presentes en procesos menos dramáticos pero igual de olorosos, como el mal aliento, ciertos desórdenes bacterianos (como la vaginosis), e incluso en el semen y algunas microalgas, donde coexisten con compuestos relacionados como la espermina y la espermidina.
Cadaverina, por su parte, es una 1,5-diaminopentano —otra diamina maloliente que se genera por la descarboxilación bacteriana de la lisina durante la descomposición de proteínas en tejidos animales. A diferencia de su prima más corta, la putrescina, la cadaverina tiene un esqueleto de cinco carbonos. Su olor también es penetrante y desagradable, y aunque la asociamos con la putrefacción, puede encontrarse en lugares menos siniestros, como en algunas plantas, incluida la soja.
Estas moléculas no solo nos hacen fruncir la nariz: también son de interés en medicina forense, microbiología y hasta en biotecnología. Porque, como muchas cosas en ciencia, lo que apesta… también puede enseñar.

Las estructuras quimicas estan invertidas, la de arriba es la 1,4-butandiamina y la de abajo la 1,5-pentandiamina
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